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El reconocimiento del derecho a voto de las mujeres en Chile fue un proceso largo, lleno de avances parciales, tensiones políticas y contradicciones ideológicas. Aunque hoy suele presentarse como una conquista impulsada transversalmente por las fuerzas progresistas, lo cierto es que una parte significativa de la izquierda chilena del siglo XX se opuso o mostró fuertes reparos al sufragio femenino, retrasando su plena consagración.
Primeros avances y resistencias
Las primeras demandas por derechos políticos para las mujeres surgieron a fines del siglo XIX y comienzos del XX, impulsadas por educadoras, intelectuales y organizaciones feministas como el Movimiento Pro Emancipación de la Mujer Chilena (MEMCH). Sin embargo, estas demandas chocaron con una clase política mayoritariamente masculina, conservadora y paternalista.
En 1934, durante el segundo gobierno de Arturo Alessandri, se aprobó el derecho a voto femenino en elecciones municipales. Este avance, aunque limitado, evidenció las profundas divisiones existentes. Paradójicamente, no fue la izquierda la principal impulsora de esta reforma, y varios de sus dirigentes expresaron abiertamente su rechazo.
La negativa de la izquierda: temor ideológico y cálculo político
Partidos como el Partido Comunista y el Partido Socialista, que en el discurso defendían la igualdad social, se opusieron durante años al sufragio femenino pleno. El argumento central era que las mujeres, influenciadas por la Iglesia Católica y por valores tradicionales, votarían mayoritariamente por la derecha, debilitando las opciones populares y obreras.
Esta postura reducía a las mujeres a un “actor electoral manipulable”, negándoles autonomía política y reproduciendo una visión profundamente machista. En los debates parlamentarios de la época, no fueron pocos los dirigentes de izquierda que sostuvieron que el voto femenino debía postergarse hasta que existiera una “conciencia política adecuada”, una condición que nunca se exigió a los hombres.
1949: un derecho finalmente reconocido
No fue sino hasta 1949, bajo el gobierno de Gabriel González Videla, cuando se aprobó el derecho a voto femenino en elecciones parlamentarias y presidenciales. Irónicamente, este avance se produjo en un contexto de fuerte represión contra la izquierda —incluida la proscripción del Partido Comunista—, lo que refuerza la paradoja histórica: el voto femenino se consolidó sin el liderazgo de quienes luego se presentarían como sus principales defensores.
Las mujeres votaron por primera vez en una elección presidencial en 1952, marcando un antes y un después en la democracia chilena.
Una deuda histórica
Reconocer la resistencia de la izquierda al voto femenino no busca deslegitimar sus luchas sociales posteriores, sino hacer una lectura honesta de la historia. El sufragio femenino no fue un regalo ni una concesión benevolente, sino una conquista arrancada con esfuerzo por las propias mujeres, muchas veces a pesar de los partidos que decían representarlas.
La historia del voto femenino en Chile recuerda que ningún sector político ha estado libre de contradicciones, y que los derechos se conquistan, incluso, enfrentando a quienes dicen hablar en nombre del progreso.
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Quintanormalino, Co-fundador de “El Carrascal”.


