El Partido Radical de Chile: crónica de una muerte anunciada por la falta de militancia

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Durante gran parte del siglo XX, el Partido Radical de Chile fue una de las fuerzas políticas más influyentes del país. Impulsor del Estado docente, la educación pública, la laicidad y la ampliación de derechos civiles, el radicalismo tuvo también una presencia activa en comunas del sector poniente de Santiago, como Quinta Normal, donde por décadas fue parte del tejido político, social y vecinal.

Hoy, sin embargo, esa presencia es prácticamente inexistente. En Quinta Normal, como en gran parte del país, el Partido Radical se ha transformado en una sigla sin vida orgánica, ausente del trabajo territorial, de las organizaciones sociales y de los debates comunales. Su declive no responde a una persecución externa, sino a una crisis interna profunda: la pérdida sostenida de militancia real y activa.

Este vaciamiento no es solo organizativo, sino también político y ético. La conocida “vuelta de chaqueta” de Jaime Campos , histórico dirigente radical y exministro de Justicia, al aceptar un cargo como ministro en el futuro gobierno de José Antonio Kast, simboliza la ruptura definitiva con la tradición laica, republicana y progresista que el radicalismo decía representar. Más que una decisión individual, se trata de una señal inequívoca del extravío doctrinario de un partido que hace tiempo dejó de tener límites ideológicos claros.

En comunas como Quinta Normal, donde la memoria política sigue viva y las contradicciones no pasan inadvertidas, estos gestos no generan adhesión, sino rechazo y desafección. Para el mundo radical que alguna vez se expresó en profesores, profesionales y dirigentes vecinales del territorio, ver a uno de sus referentes históricos alineado con un proyecto político abiertamente conservador no es solo una incongruencia: es la confirmación de una decadencia terminal.

Las antiguas formas de participación política en la comuna ,juntas de vecinos, centros culturales, sindicatos y espacios educativos, fueron reemplazadas por una estructura partidaria burocrática, cerrada y desconectada del territorio. No hay sedes activas, no hay formación política, no hay presencia permanente en los barrios de Quinta Normal. El Partido Radical dejó de existir en la práctica como actor comunal.

La militancia no se reemplaza con acuerdos cupulares ni con cargos de designación. En una comuna donde la política se construye desde el territorio, un partido sin militantes activos simplemente no existe. Y cuando esa ausencia se prolonga en el tiempo, el desenlace es inevitable: el Partido Radical no solo está en crisis, está en vías de desaparición como partido político real, más allá de su supervivencia formal en los registros electorales.

La historia del Partido Radical chileno no merece terminar de esta manera, pero los hechos son elocuentes. Mientras no recupere coherencia ideológica, presencia territorial y compromiso militante, su extinción política es solo cuestión de tiempo. En Quinta Normal, al menos, el radicalismo ya no es una fuerza en retirada: es un partido que dejó de existir. No fue la derecha ni la dictadura lo que lo llevó a este punto final, sino el abandono de la militancia, de la coherencia y del territorio como razón de ser.

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